
Cada día, los abnegados bomberos salvan nuestras propiedades, pertenencias y vidas, así como las de numerosos animales. Algunas pocas veces son batallas cubiertas por los medios de comunicación; otras, la mayoría, son calladas y pasan desapercibidas. Ellos cumplen con con esa labor para la cual se les paga, incluso más allá del deber. Pero hay otros que también libran batallas diarias, sin pago alguno, por pura dedicación, por puro amor, mucho más allá del deber; son voluntarios en muchas organizaciones de rescate animal. Quiero mencionar a los voluntarios de la Asociación Madrid Felina, en uno de esos casos.
Hace algunas semanas, en el artículo titulado: Las batallas de cada día, Tunia contó en su blog el caso del rescate de una gata y sus cachorros, atrapadas entre las paredes de una edificación. Destaca la ardua, larguísima y peligrosa labor en que se convirtió el rescate de la última cría. Los voluntarios y voluntarias de Madrid Felina pudieron muy bien haber desistido del intento, nadie se los hubiera reprochado, dadas las circunstancias. Pero ellos perseveraron y lograron arrancarla a las garras de la muerte, quien ya la consideraba suya.



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En un artículo pasado, que titulé
El cuidado alimenticio de las futuras madres.
En mi artículo anterior sobre este tema, y que titulé Pasando al gato, ya referí lo adecuados que son los gatos siameses para acostumbrarlos a ser llevados de una correa. Y también les referí la cara de asombro de las personas, ¿verdad?
Iniciando la categoría de “Historias de amor” dejo un relato de amor hacia los gatos. Es una historia de alegrías y también de tristezas, de hacer el bien sin esperar otra cosa que el bienestar de un animalito, malquerido por otros. Se originó en un comentario dejado en el cuarto capítulo de los posts titulados “Mucho más que un gato” que narra la historia de mi fallecido gato Mínimo. Los hechos que leerán a continuación, son narrados por Patricia, desde Santa Cruz de La Sierra, en Bolivia, ciudad que ella define como:





